En 1839, un rico abogado estadounidense llamado John Stephens y un dibujante inglés llamado Frederick Catherwood emprendieron un viaje a las profundidades de la selva que abarca un territorio enorme, entre las actuales El Salvador, Belice, Guatemala, Honduras y la península mexicana de Yucatán. Habían oído rumores de que existían ruinas que eran los restos de un antiguo y glorioso imperio, entonces olvidado hace mucho tiempo. Apartando maleza, descubrieron hasta 40 ciudades devoradas por la jungla, en las que destacaban inmensos templos con forma piramidal. Se habían topado con la desaparecida civilización maya, descrita como la más avanzada del Nuevo Mundo antes de la llegada de los europeos, y la única con textos escritos de consideración que han sido descifrados.
En los últimos años, estudios probados por estalagmitas que registran el clima han confirmado que sequías cíclicas severas y la imposibilidad de almacenar agua, se combinaron con deforestación masiva que alteró el microclima local, guerras entre ciudades-estado y el agotamiento de suelos agrícolas para provocar la ruina y el abandono de ciudades mayas de riqueza tan increíble como Copán o Tikal.
En la otra punta del globo y en la década de 1860, durante el protectorado francés en Camboya, arqueólogos y cartógrafos descubrieron una imponente ciudad llamada Angkor que había sido colonizada por la selva muchos siglos antes de la llegada de los franceses.
Aunque las raíces de gigantescos árboles habían derrumbado edificios y templos de gran esplendor, los enormes embalses llamados baray y un sistema kilométrico de canales que cubría el complejo urbano del Gran Angkor, de unos mil kilómetros cuadrados, delataron la existencia de una civilización muy rica y con avanzados conocimientos en ingeniería hidráulica, adaptado a un clima con una temporada monzónica y otra seca por medio de la acumulación y la redistribución del agua para la agricultura.
Sin embargo, de nuevo un cambio climático que volvió impredecible el suministro de agua al prolongarse las épocas secas y combinarse con violentas tormentas e inundaciones muy abundantes, combinado con la presión de pueblos e imperios vecinos, lo insostenible de sus grandes construcciones y gastos de la familia real, provocaron el colapso de la ciudad-imperio de Angkor y su abandono progresivo hasta su desaparición como civilización en 1660.
La literatura histórica sobre el colapso es muy reveladora en esta época de desánimo existencial y eco-ansiedad – una solo quiere cerrar los ojos y tratar de no imaginar la distopía de pesadilla favorita de una. Pero, como vamos a ver en este episodio, el colapso de una megaurbe, incluso de una civilización, o de un ecosistema, o incluso una extinción en masa… no son el fin de la vida. La vida se mantiene, aunque sea en los márgenes. Y resurge, con una fuerza espectacular. Quédate, que te lo contaré a fondo y vamos a sacar unas cuantas lecciones y un poco de esperanza.
Por cierto, antes de seguir: Hola, soy Paula Martín, soy periodista y antropóloga, y estoy feliz de darte la bienvenida a “¿Cómo hemos llegado hasta aquí?”, el podcast en el que hablamos de antropología del Antropoceno. Quédate hasta el final para conocer cómo resurge la vida, y cómo podemos evitar cargárnosla por completo. Te aseguro que he hecho una investigación de la leche – por eso he tardado tanto, perdónnnn -, me he leído unos cuantos libros, y si te esto te he contado en la intro te ha dejado loca, lo que viene a continuación te va a volar la cabeza.
Si en el anterior episodio hablamos de la muerte y en cómo la hemos pensado a lo largo de la Historia y en diferentes culturas, y tocamos brevemente el aspecto del renacimiento, de las culturas que hablaban de la reencarnación… en este vamos a meternos de lleno en qué sigue al colapso de civilizaciones y de ecosistemas, a las catástrofes que suponen la destrucción total de formas de vida enteras… y en cómo este conocimiento puede ayudarnos a contemplar nuestro propio fin como especie debido por ejemplo, al cambio climático y el deterioro medioambiental.
(Este episodio ha sido aprobado para una audiencia con ansiedad y su autora ha sobrevivido a su realización
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La civilización maya y la megaurbe de Angkor no fueron las únicas sociedades que desaparecieron antes de que los colonizadores europeos las “descubrieran”: En su libro de 2005 “Colapso. Por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen”, el geógrafo Jared Diamond se hacía preguntas para que los arqueólogos, historiadores y ecólogos del futuro respondieran gracias a los avances que él podía prever, como las tecnologías LiDAR y de teledetección:
Además de Angkor existieron en el mundo y a lo largo de la historia muchas otras ciudades de baja densidad de población en los trópicos húmedos donde los campos de agricultura se mezclaron con las viviendas y los edificios administrativos, religiosos y monumentales, y que también colapsaron.
Tikal o Copán en el Imperio Maya en el siglo IX; Anudhapura y Polonaruwa en Sri Lanka que existieron entre el siglo IV aC hasta el siglo XII dC; Bagan, en la Myanmar del siglo XIII; la capital cham de My Son, en Vietnam hasta el siglo XIII; y la capital taiwanesa de Sukotai, que existió desde 1238 hasta 1438 dC… todas ellas habían desaparecido antes de la expansión europea de los cinco últimos siglos. ¿Cuál fue su talón de Aquiles, se preguntaba Diamond?
Diez años más tarde le contestaron Lucero, Fletcher y Coningham con un estudio comparativo publicado en 2015 en la revista Antiquity con el título «Del colapso a la diáspora urbana», en el que los autores distinguieron factores reveladores que contribuyeron a un derrumbe más o menos drástico, a un colapso que se prolongó más o menos tiempo:
En todas ellas, se llegó a una época de tremendo esplendor en la que existía una desigualdad enorme entre una amplia población muy pobre y una élite increíblemente rica con tendencia al derroche y a la amoralidad, y cuyo poder ilimitado y rígido dependía de obras hidráulicas faraónicas; el entorno natural se degradó, el ciclo del agua se desestabilizó y las fuentes de alimentación comenzaron a escasear; cambios climáticos súbitos o graduales afectaron cada vez más a la provisión de recursos naturales y especialmente de agua; lo que provocó fallos en cascada que llevaron a conflictos armados y sociales abiertos, y al abandono por parte de la población.
Un momento, todos estos factores me suenan, ¿a qué?… ¡a nuestra propia época! ¡A ahora mismo!
¿El colapso de nuestro mundo?
Se habla mucho desde hace unos años del colapso al que podría llegar nuestro modo de vida.
(De hecho, hay mucha gente que no contempla otro escenario)
Un modo de vida de usar y tirar, de producir, consumir y desechar, y por el camino esquilmar recursos naturales hasta el punto de degradar todos aquellos lugares en los que la sociedad de consumo está presente – es decir casi el 100% -, y producir una cantidad de emisiones tan bestial, que estamos cambiando el clima del planeta.
Lo estamos viviendo ya: las tremendas tormentas de invierno que se han vivido en toda Europa y norteamérica este invierno han tenido mucho que ver con cómo el calentamiento global está alterando el vórtice de aire gélido atrapado en los polos, causando que se debilite y permita que se escape el frío intenso…
Pero es que la ONU acaba de declarar en «bancarrota» la infraestructura hídrica planetaria, con un informe en el que alerta de que los sistemas de agua ya no pueden volver a sus niveles históricos, aunque tomemos acciones decididas para restaurarlos.
Global Water Bankruptcy https://unu.edu/inweh/collection/global-water-bankruptcy
Además, estamos pasando puntos de inflexión que podrían hacer irreversible la trayectoria hacia la que va la Tierra, con efectos en cascada que podrían convertir el planeta en una auténtica sauna, y que ya están provocando efectos tremendos de una fuerza brutal e imposible de predecir, que cada año que van a más. Espera, antes de escribir ese comentario que tú, querido negacionista del cambio climático estás a puntito de vomitar sobre el teclado, te hago un disclaimer: no es solo que haga más calorcito y se esté más a gusto. Y tampoco los cambios climáticos son tan clíclicos y predecibles e igualitos que este, que hemos causado nosotros mismos.
Y para rematar todo, tenemos a una élite derrochona que ya no es sólo rica sino súper rica, y que nunca en la historia de la Humanidad había sido TAN rica. Una élite que sí, gobierna en el país más importante del mundo en términos climáticos, porque es de los mayores emisores, y cuyo presidente acaba de decidir que la agencia climática americana revoque sus medidas de restricción de emisiones de gases de efecto invernadero porque suponen un gasto para las mayores empresas del país.
En la última COP, los lobbys de las industrias fósiles superaron en número a las delegaciones de los países participantes. La ultraderecha negacionista está avanzando cada vez más y ya gobierna o influye decisivamente en muchos países del mundo, incluso en el Parlamento Europeo…
Es decir, no sólo la élite no quiere darse cuenta del problema y quiere seguir consumiendo cada vez más y con más lujo, como los moais de la Isla de Pascua… es que están impidiendo que científicos, ecologistas, gobiernos afectados y población civil puedan actuar contra el cambio climático!
La diferencia crucial con Angkor y las otras sociedades que cayeron es que, los jemeres podían emigrar a lo largo del Mekong; los mayas dispersarse por la selva. Nosotros, a escala planetaria, la «diáspora urbana» que describían Lucero, Fletcher y Coningham no tiene un «afuera» al que huir. (Yo no me voy a Marte, vete tú!)
Los imperios caen, la gente sobrevive
Pero que no panda el cúnico aún, tengo más cosas que contarte.
Lo que sí ofrece la investigación arqueológica es una nota de esperanza con un punto paradójico: en todas esas sociedades antiguas, fueron las comunidades con sistemas descentralizados, diversos y a pequeña escala —los campesinos con sus estanques comunales, sus milpas diversificadas, sus tanques locales— las que sobrevivieron cuando las élites y sus megainfraestructuras colapsaron.
Los mayas del norte (Chichén Itzá, Uxmal) sobrevivieron y el pueblo maya como tal nunca desapareció: hoy hay más de 7 millones de personas de descendencia maya. La civilización se fragmentó y transformó, no se extinguió.
Esto también pasó en la Edad del Bronce Tardío, que colapsó en torno al año 1.200 a.C. Quizás el colapso civilizacional más dramático y misterioso de la historia antigua. En apenas 50 años desaparecieron o se debilitaron catastróficamente los micénicos, los hititas, Ugarit, Chipre y el Egipto imperial. Las causas fueron una combinación mortal: sequías prolongadas documentadas por el análisis de polen y sedimentos, los misteriosos «Pueblos del Mar» que migraron masivamente, terremotos en cadena, colapso del comercio interregional y rebeliones internas.
De sus ruinas emergió un mundo completamente nuevo: el Mediterráneo de los fenicios, los griegos del período oscuro y, eventualmente, el alfabeto y la polis.
Y por supuesto quiero fijarme especialmente en el Imperio Romano de Occidente, cuya caída está establecida en el 476 d.C. y ahora veréis por qué.
Su colapso fue multifactorial: el enfriamiento climático del siglo V, conocido como la Pequeña Edad de Hielo Tardoantigua, provocó malas cosechas y hambrunas; las pandemias como peste antonina o la plaga de Cipriano diezmaron la población; sufrieron la presión migratoria de pueblos empujados hacia Roma a su vez por el cambio climático en las estepas de centroeuropa; y la fragmentación política y fiscal interna.
No existió ningún vacío: los reinos germánicos conservaron la administración romana, la Iglesia preservó el latín y la escritura, y Bizancio continuó Roma en Oriente por mil años más. La «caída» fue en realidad una transformación lenta que gestó la Europa medieval.
Es decir, la bancarrota no es el final de la acción; es el comienzo de un plan de recuperación estructurado: se detiene la hemorragia, se protegen los servicios esenciales, se reestructuran las demandas insostenibles y se invierte en reconstruir
La pregunta, como siempre en estos casos, es si las élites actuales permitirán esa reestructuración, o si su rigidez institucional repetirá el patrón que la arqueología tropical ha documentado una y otra vez.
La muerte (y resurrección) de ecosistemas
Pero es que también tenemos que hablar de la muerte (y la resurreción) de ecosistemas, en ocasiones a nivel planetario.
Los ejemplos más impresionantes son por puesto el caso del meteorito que acabó con la era de los dinosaurios y con el 75% de todas las especies conocidas hace 66 millones de años y que precisamente cayó en la península de Yucatán – donde los mayas! – , pero a su vez dejó el nicho ecológico que permitió que los mamíferos prosperaran y los homo sapiens pobláramos la Tierra; o la conocida como Gran Mortandad, el mayor cataclismo ecológico jamás conocido hace 2.400 millones de años, en la que las cianobacterias que colonizaron la sopa primigenia produjeron oxígeno a gran escala, que mató a todas las formas de vida precedentes… pero a su vez generó la atmósfera sin la cual ninguna otra forma de vida actual podría haber surgido, y en menos de dos mil años, se produjo una explosión de vida en los océanos.
De hecho, algunos geólogos creen que, sin las decenas de miles de años que nuestro planeta estuvo cubierto por el hielo en lo que se conoce como “planeta bola de nieve”, la vida en la Tierra nunca habría alcanzado la complejidad que hoy tiene. Y sin la época en la que estaba cubierta de volcanes en erupción, tampoco. En realidad es bonito, estamos todos hechos de la misma nieve, la misma lava y el mismo polvo de meteoritos, como decía Carl Sagan y algún que otro cantante…
Sí pero dices ¿y nosotros? ¡La hubiéramos palmado! Y sí, tienes razón, pero ¿qué hicieron los seres humanos durante las sucesivas glaciaciones del Pleistoceno? Aprendieron a tejer para hacerse ropa con la que protegerse del frío, cazaron, pescaron.
Después de la supererupción del volcán Toba en la isla de Sumatra hace 74.000 años, de la que ya te hablé en otro episodio, de tal magnitud habría oscurecido el cielo, bloqueando la mayor parte de la luz solar y provocando probablemente años de enfriamiento global. Esto redujo la población mundial de humanos a unos 10.000 individuos, y fue entonces cuando la creatividad humana explotó, mostrando claros signos de resiliencia que se han observado en vidrio volcánico microscópico denominado criptotefra. Por ejemplo, fue entonces cuando homo sapiens inventó el arco y la flecha para cazar.
Más recientemente y ya entrando en las alteraciones humanas, tenemos el ejemplo del Mar de Aral, en Asia Central, que fue el cuarto lago más grande del mundo. Entre los años 60 y 2000, la desviación soviética de sus ríos tributarios para regar campos de algodón lo redujo a menos del 10% de su tamaño original, colapsando toda la cadena trófica local, desapareciendo más de 20 especies de peces y dejando barcos varados en desierto. Sin embargo, la parte norte, que pertenece a Kazakhstan, fue parcialmente restaurada con una presa en 2005, y los peces, aves y vegetación ribereña comenzaron a regresar en menos de una década, un ejemplo extraordinario de recuperación parcial.
Estamos viendo ejemplos de esa recuperación también en el río Yangtsé, en China, donde una prohibición de pesca de 10 años, combinada con medidas complementarias, como la mejora de la calidad del agua, la regulación hidrológica y la gestión del uso del suelo, han logrado frenar en seco 70 años de declive de la biodiversidad fluvial.
Lo que estos casos revelan es algo casi universal: los colapsos rara vez son extinciones totales. Son más bien reorganizaciones forzadas donde la complejidad se reduce abruptamente, se destruye el orden anterior, y en el espacio liberado surge algo nuevo aprovechando los nichos vacíos, los recursos liberados y, a veces, la misma gente o los mismos organismos recombinados de formas nuevas. La biología llama a esto «sucesión ecológica».
Pero ¿por qué he unido la muerte de ecosistemas con la de civilizaciones, para luego hablar de renacimiento? Porque asomarse al declive y fin de un cuerpo, un ecosistema, una sociedad, es ver en el fondo la semilla de lo que vendrá después.
Y porque muchas veces, cuando hablamos del “colapso de un imperio, de una civilización”, lo hacemos refiriéndonos solo a la gloria de los monarcas, a la magnificencia de sus palacios y templos… ¿pero y si para la gente normal, el 99% restante… el colapso de esos sistemas y las élites que les oprimían fue una bendición más que un desastre? Te lo explico mejor.
Recientes estudios en huesos y genoma antiguo que recoge Luke Kemp, investigador senior del Centro para el Estudio del Riesgo Existencial de la Universidad de Cambridge, han revelado que la gente que sobrevivió a la caída de todos aquellos gloriosos imperios – que fue la amplísima mayoría – mejoró en gran medida su salud, resultando en menos caries y lesiones, mayor densidad ósea gracias a una mejor alimentación, e incluso mayor altura al cabo de poco tiempo. Una de las razones para que se observaran descensos tan dramáticos de las poblaciones… fue porque la gente migraba a otros sitios, donde a menudo reinstauraban su sociedad y cultura, y abandonaba a monarcas, nobles y ricos, que eran los que luego escribían las historias tremebundas de trágicos colapsos… la Historia la han escrito los poderosos, recordemos. Pero la gente normal también tiene una historia que contar. Y sobrevivieron gracias a su resiliencia, multiplicaron las técnicas de supervivencia, colaboraron para ayudarse entre ellos, y volvieron a crear cosas grandiosas.
Los mecanismos del renacimiento
El concepto central del modelo teórico que actualmente unifica la investigación en torno a estos renacimientos se llama teoría de la resiliencia socioecológica, y su aplicación tanto a ecosistemas como a civilizaciones ha producido una literatura científica muy rica en los últimos 15 años.
Esta teoría estudia la capacidad de los sistemas integrados humanos y naturales para absorber perturbaciones, adaptarse y reorganizarse ante cambios, manteniendo su funcionalidad, estructura e identidad. En lugar de buscar un equilibrio lineal, esta perspectiva promueve la adaptabilidad y la transformación ante la incertidumbre.
El colapso y la resiliencia son dos caras de la misma moneda: el colapso ocurre cuando la resiliencia se pierde, y los sistemas resilientes son menos susceptibles de colapsar. Un análisis de 17 casos representativos identificó 14 mecanismos, agrupados en cinco clases, que explican el colapso socioecológico.
¿Cuáles son esas cinco clases de mecanismos?
Para empezar tenemos el que se fija en cómo los sistemas descentralizados y formados por módulos en vez de colapsar totalmente, se fragmentan y sobreviven por partes, como por ejemplos pasó en la Edad del Bronce con los hititas supervivientes en el norte de Siria, en cambio, se apoyaron en la modularidad de su estructura semifeudal para perdurar.
Después tenemos el que nosotros, los mamíferos, llevamos a cabo después del violento fin de los dinosaurios, y es el oportunismo ecológico para colonizar el vacío dejado por un ecosistema que colapsa. Esto ilustra algo fundamental: la misma complejidad que permite el florecimiento es la que hace al sistema frágil ante un shock suficientemente grande. El renacimiento ocurre cuando sistemas más simples y adaptables llenan el vacío dejado.
El tercer mecanismo se refiere a un concepto crucial en la ecología del colapso y es el de «cambio de régimen»: un sistema no vuelve al estado anterior, sino que salta a un nuevo estado estable diferente. Es por ello que me chirrían tanto esto de intentar devolver a la vida especies ya extintas como los mamuts, o sistemas sociopolíticos que en su día se probaron catastróficos, como el fascismo: intentar restaurar un estado original o previo puede ser imposible o contraproducente ya que el renacimiento adopta una forma nueva, no una mala copia del anterior.
Después tenemos la sucesión ecológica, una secuencia en la que ciertas especies que son capaces de soportar ciertos ambientes hostiles, aparecen y actúan como paso intermedio para crean las condiciones ecológicas para que otras lleguen y se establezcan, en una especie de recuperación por fases o en cascada, ya que la recuperación de ecosistemas no ocurre de forma homogénea. Es decir, los organismos colaboran para regenerar la vida como un bien supremo, aunque no tengan nada que ver entre sí.
Por último, podríamos decir que este es mi favorito: la “memoria social”, la la transmisión de conocimiento. Uno de los mecanismos de renacimiento más importantes y menos estudiados en el estudio de generación y regeneración de civilizaciones. Y es que las sociedades, las culturas, no nacen de la nada como los champiñones – que tampoco surgen de la nada – sino que a menudo surgen de los restos, la memoria de otras gentes. Existen instituciones informales que sobreviven al colapso de las estructuras formales, tradiciones locales y costumbres que sobreviven.
Es decir, el colapso crea una ventana de oportunidad que puede acelerar la innovación y, estimular la creatividad y el surgimiento de nuevos órdenes sociales y cosmovisiones. Eso sí, la resiliencia de los más débiles a menudo puede ser aprovechada por los más fuertes para re-crear sistemas de opresión, con líderes tiránicos y estructuras rígidas. Es por ello que es tan importante hablar ahora de cómo podría ser ese colapso, organizar ya esa resiliencia, pensar cómo queremos que sea lo que viene después.
El renacimiento, en última instancia, no es una vuelta atrás sino una reorganización hacia adelante, impulsada siempre por los mismos factores: la memoria del pasado, la flexibilidad de las estructuras supervivientes, y la energía liberada por el colapso de lo que ya no podía sostenerse.
Los “colapsos situados” del ecofeminismo
El ecofeminismo ha hablado del colapso medioambiental unido al colapso civilizatorio como una serie de colapsos en distintas partes del mundo, que afectarán primero a las personas y ecosistemas más débiles, como las mujeres pobres de Bangladesh, e irán produciéndose en cascada y tirando unos de otros, subiendo cada vez más en la escala social hasta llegar a los ultra ricos del norte blanco, que sin embargo tendrán muchas más herramientas para protegerse y sobrevivir… e incluso medrar.
Pero entonces… ¿qué pasará con nosotros? ¿Colapsará nuestra especie por la increíble complejidad de los retos que tenemos por delante? ¿Seremos capacidad de utilizar nuestra asombrosa inteligencia y creatividad para salir adelante en un planeta de clima más explosivo e impredecible? Para entenderlo, necesitamos hacer un ejercicio de predicción pero también de imaginación, y de eso es de lo que vamos a hablar en los siguientes dos episodios: voy a entrevistar al antropólogo y primatólogo estadounidense Agustín Fuentes – en español – y en el episodio que le seguirá en solitario, hablaremos de las teorías del colapso desde el ecofeminismo que he esbozado aquí, y de los modelos que nos enseñan cómo seguir adelante.
Bibliografía
Libros
A.Tainter, Joseph “El colapso de sociedades complejas”
Black, Riley “Los últimos días de los dinosaurios. Un asteroide, extinción y el comienzo de nuestro mundo”
Diamond, Jared “Colapso: Por qué unas sociedades perduran y otras desaparecen”
Kolber, Elizabeth “La Sexta Extinción: Una historia nada natural»
Wade, Lizzie “Apocalypse: how catastrophe forged our world and can forge new futures”
Informes
Global Water Bankruptcy https://unu.edu/inweh/collection/global-water-bankruptcy
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Artículos
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La civilización maya sufrió 44 años de sequías en sus últimos dos siglos
US repeals key ‘endangerment finding’ that climate change is a public threat
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Evolution didn’t wait long after the dinosaurs died
Marine ecosystems began recovering within just a few thousand years after the asteroid strike https://www.sciencenews.org/article/evolution-dinosaurs-chicxulub-asteroid?
The snowball effect
https://aeon.co/essays/how-the-harsh-icy-world-of-snowball-earth-shaped-life-today?
Cómo los humanos lograron sobrevivir a uno de los mayores eventos catastróficos de la historia https://www.elconfidencial.com/tecnologia/novaceno/2025-09-15/eventos-extincion-erupcion-volcan-catastrofe-tierra_4207739/?
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